La llegada de los españoles en 1521, y la conquista del territorio ocupado por los purépecha, vinieron a dar al traste con su organización política y social. De manera brutal fue puesta en marcha la dominación española. Una nueva sociedad mestiza surgió lentamente a lo largo de tres siglos de colonización, floreciendo una “cultura particular y diversa, michoacana y mexicana”. Hubo, por tanto, grandes cambios en la sociedad tanto de la ciudad como del campo, sobre todo en las costumbres y en la vida cotidiana; también en la economía y en la política.
Los españoles impusieron su fe católica, pero al mismo tiempo influyeron en el hacer y quehacer de los pueblos indígenas que retomaron su vocación artística prehispánica, y se revelaron grandes artistas y constructores, y como poseedores de una honda sensibilidad para el trabajo manual.Hoy podemos admirar grandes y suntuosos edificios civiles y religiosos de magnífica arquitectura, tanto en Morelia como en distintos rumbos del estado. El sincretismo en el que confluyeron la cultura purépecha, evocadora de su origen prehispánico, y la cultura española de raigambre europea, dio paso a una diversidad cultural en donde destaca con gran mérito el arte popular de Michoacán.
En el último tercio del siglo XVIII y en los albores del XIX, se prefiguraron importantes “procesos de resistencia o de cambio”, hasta hacerse palpables los “actos de rechazo que pusieron fin a la dominación española”, entre 1810 y 1821, abriendo un camino lleno de contradicciones y de penalidades que condujo finalmente a Michoacán y al resto del país a la vida nacional (5). No debemos dejar de mencionar que los michoacanos tuvieron un papel relevante en la configuración del proceso independentista. Michoacán fue el centro de la Independencia mexicana.
La rebelión independentista de Miguel Hidalgo y Costilla, y su continuación por parte del “Siervo de la Nación”, arrastró como un solo hombre a miles que se hicieron eco del pensamiento de sus libertadores, que quedó plasmado magistralmente en la Constitución de Apatzingán, jurada solemnemente el 22 de octubre de 1814, e inspirada en los “Sentimientos de la Nación” de José María Morelos, y también en las constituciones hechas por los revolucionarios franceses y en la Constitución de Cádiz de 1812.
El espíritu de dicha Carta Magna fue del tenor siguiente: “La soberanía reside originariamente en el pueblo y es por su naturaleza imprescriptible e inajenable”. Hidalgo, Morelos, y otros tantos independentistas no vivieron para ver consumada la Independencia el 27 de septiembre de 1821, lograda mediante el Plan de Iguala, orquestado por Agustín de Iturbide, criollo vallisoletano, y con el concurso de los viejos insurgentes a cuya cabeza estaba el valiente Vicente Guerrero.
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